Universidad Internacional hace posible el sueño de Jonathan, joven que fue habitante de calle

“Me fugué de mi casa. Pisé calle más o menos a los 7 años de edad, y ahí estuve hasta los 10”, cuenta Jonathan Alvarado; su rostro tierno y mirada transparente reflejan una aparente timidez que se esfuma apenas empieza a narrar su vida como habitante de calle, y es que a sus escasos 7 años, (hoy tiene 21 años) se cansó de hacer los mandados y recibir maltratos en su casa; él buscaría su familia y su futuro en la calle…

Allí tuvo nueva familia; esa que hablaba su lenguaje y compartía historias similares a la suya, poco a poco aprendió a buscar su sustento; vendía caramelos, betuneaba, hacía malabares, y aunque durante el día el sol tostaba su piel y en la noche el frío calaba los huesos, pasó un tiempo de gozo. Pero, la vida en calle, lo que se dice la calle-calle cada vez era más dura. A veces comía, a veces no; el miedo empezaba a hacerle compañía cuando dormía en el ex terminal Cumandá. Ponto encontraría consuelo en la droga. Para entonces tenía 10 años de edad.

“Despierta, despierta, ¿Quieres dormir en una cama?”, escuchó. No, no estaba soñando. Era el equipo de abordaje de la Unidad Patronato Municipal San José, que siguiendo los principios de voluntariedad “invitaron’ al pequeño niño a ingresar a la Casa de la Niñez 2, en Conocoto. Esta intervención promueve que los niños y niñas tomen decisiones diferentes para fomentar su autoestima y proyección de futuro. Pero Jonathan quería su vida en calle, “tuve tropiezos, me fugué varias veces, mi familia quería que viva con ellos, pero no era un ambiente adecuado, me caí me levanté varias veces. Un día dije basta y estoy aquí”.

Cuando Jonathan dice ‘estoy aquí’ se refiere a ‘La Casa del Hermano’, un espacio que atiende a las personas en situación de calle a través de servicios como; alimentación, aseo personal, vestimenta, terapias psicológicas individuales y familiares, acompañamiento para atención médica, terapias ocupacionales procurando lograr la vinculación socio- familiar y económica. Aquel niño que a sus 7 años vivía en calle, hoy tiene 21 años; desde hace un año atrás forma parte del equipo técnico de abordaje.

“Mi brother”, “mi llave”, “mi causa”, les dice a los habitantes de calle, y es que, quién mejor que él, para hacer los abordajes. “Yo conozco cómo es la vida en calle. Ellos no quieren escuchar a un señor de corbata quieren a alguien que los entienda”, dice convencido de un trabajo que le ha dado muchas satisfacciones. Por un momento, su voz parece quebrarse, “yo iba a visitar solito a una persona que vivía en el Machángara, el lugar más peligroso, le ayudé en la reducción del daño, logré que vaya a la Casa del Hermano y de ahí pasó al Hogar de Vida 2 donde le dieron terapias. Me da mucha alegría saber que ahora este hombre se fue a Santo Domingo y volvió con su familia”.

El joven vivaracho y de sonrisa franca de esta historia, terminó hace 2 años el bachillerato, “después de estar en escuelas fiscomisionales, pasé al colegio municipal Nueve de Octubre y llegué a ser escolta de la bandera”, dice con orgullo. Entre todos los escenarios sobre los que fantaseaba en su vida, se veía como abogado, porque… “cuando tú estás en calle, has venido de una familia muy pobre, sabes que muchas personas necesitan ayuda pero no tienen para pagar un abogado, entonces una de las cosas que yo haría es ayudar a la gente en lo que necesite con mi profesión”.

Ese deseo genuino, profundo, humano hizo eco. Gracias a un convenio interinstitucional entre la Unidad Patronato Municipal San José y la Universidad Internacional del Ecuador, Jonathan Alvarado es beneficiario de una beca que le permitirá estudiar Derecho y convertirse en abogado de los tribunales del Ecuador. Con esa seguridad de quien la vida le obligó a madurar a temprana edad, Jonathan llegó a la Universidad Internacional, para conocer los pormenores de la beca y la entrevista para su admisión académica.
¡Nunca imaginé estar en esta universidad! ¡Está bacana! ¡Es full grande! ¡Tiene caballos!, su mirada se inquieta, su voz se siente emocionada, sus ojos muestran una ligera humedad.

“Mis hermanos no han terminado el colegio, mi papá terminó la escuela en la cárcel. Yo soy el primero que voy a llegar a la Universidad”, dice sin dejar de mirar alrededor; “el Patronato es mi segunda familia, me ha dado tanto (…). Ahora sé que, si una persona hace bien las cosas vienen full cosas buenas para su vida, puede lograr mucho (…) pienso aprovechar la beca. No voy a descuidar mis estudios, voy a aprovechar. Y cuando sea profesional, voy a ayudar a las personas como la vida me ayudó a mí”.

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