Los Rostros de la EP-Emseguridad: Roberto Pillajo, el conductor devoto del trabajo

‘Por amor’, esa fue la respuesta que Roberto Pillajo dio cuando, en el 2010, le preguntaron por qué quería formar parte del equipo de la EP Emseguridad, la empresa municipal que garantiza la adecuada gestión logística del Sistema de Seguridad, de Riesgos y Convivencia Ciudadana.

Las dos palabras en cuestión ‘por amor’ causaron sorpresa en la funcionaria que seleccionaba el personal del área de conductores. Por eso, le pidió que explicara lo dicho: “Quiero este trabajo porque amo a mi familia y la actividad que actualmente desempeño no me permite estar con mi esposa, con mis hijos”.

En aquella reunión, Roberto también agregó: “Si me contratan les garantizo que nunca se arrepentirán porque seré agradecido con la empresa, seré honrado en el tiempo y daré más de lo que me corresponda…”.

Al cabo de dos semanas, celebró con lágrimas el puesto que se ganó en la EP Emseguridad, porque gracias a eso pudo renunciar a su antiguo trabajo: manejaba un bus urbano, todos los días, entre las 03:00 y 22:00.

Aun así, como hombre de fe (Adventista del Séptimo Día), jamás oró para conseguir otro empleo, sí para aprender a disfrutar de esas eternas jornadas frente al volante. Distinto proceder tuvo su esposa, ella sí oraba para que su marido consiga otra oportunidad laboral.

Desde guambra, Roberto fue una persona de paz y buena voluntad, socializaba y fue empático con todos. Cualidades que, a sus 43 años, las mantiene inclaudicables.

¿Amiguero? No necesariamente, dice convencido. Ni en la Escuela Eloy Alfaro ni en el colegio Mejía le gustaba andar con la ‘pata de amigos’, siempre iba en dúo o solo. Será por eso que, en la actualidad, le sobran los dedos de la mano para contar a sus amigos del alma.

Mientras estudiaba, paralelamente ayudaba a su padre en la mecánica automotriz que tenía junto a la casa familiar, en Calderón. Entre todos sus hermanos Marco, Milton y Diego se turnaban con las faenas del negocio y del hogar.

Por azares de la vida, el estudio lo dejó en medio camino para dedicarse a ganar dinero, primero como mecánico, luego como soldador… Cuando tuvo 18 años, sacó su licencia de conducción y se especializó en rectificación de motores.

Jamás se dio por vencido, volvió con ganas al Colegio Interandino y el mismo se pagó la colegiatura. Tras una nueva y larga pausa, logró sacar el bachillerato en el colegio a distancia Humberto Mata Martínez.

Aquella aventura entre libros le permitió probarse a sí mismo y convencerse que jamás es tarde para alcanzar las metas, pero también le sirvió para dar ejemplo a sus hijos (Anahí y Mateo, actualmente de 17 y 15 años respectivamente).

Con la familia en pleno, le encanta salir de paseo y solazarse de la naturaleza. Es de aquellos que va de acampada, eso le permite -dice Roberto- unirse más con los suyos y dejar los teléfonos y las redes sociales a un lado.

Su lema de vida: jamás hay que dejar de aprender. De allí que, no descarta volver a las aulas y estudiar una tecnología en la rama que es canchero: mecánica automotriz o industrial. Y del lado personal, añora que sus hijos sean buenas personas, empáticos con el prójimo.

 

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